viernes, 9 de febrero de 2018

EL DIABLO TRIUNFÓ DE NUEVO (CUENTO)



El Bolsón

Febrero del 2029

    

    No se sube a un cerro porque sí. Las tribus de antaño concebían a las montañas como entes sumamente sagrados. En sus inicios, nuestro planeta era un simple conglomerado de rocas. Es por eso que las piedras contienen toda la información de nuestra historia: han visto pasar eras enteras así como presenciado eventos que son toda una incógnita para el ser humano, entre ellos la extinción de los dinosaurios, por dar un ejemplo. Una montaña es un cúmulo gigante de piedra que se elevó ante el choque contra otro gran cúmulo. Es la ley de la naturaleza. Todo se compone a partir del choque entre opuestos. Como decía Heráclito: “La Guerra es lo común”. Guerra en el sentido más general de la palabra.

    Y allí estábamos, a punto de subir a los refugios del Cerro Hielo Azul, enfrentándonos contra nosotros mismos. Mi intención en esa subida era que se me de un laburo que hace tiempo venía queriendo conseguir. Mis dos amigos llevaban flores, así que la diversión estaba asegurada. La primera hora de camino fue tranquila: transitamos alrededor de un río muy hermoso. Después comenzó la subida; era muy empinada y sin sombra. Duró tres horas. Paramos varias veces a descansar. Llevábamos cereales, frutas y fideos. Me llamó la atención no cruzarnos a nadie que viniese bajando. Eran mas o menos las 6 de la tarde cuando terminamos esa subida complicada. Llevábamos mucho peso debido a la ropa abrigada, bolsas de dormir, carpa y comida..

    Ibamos charlando y discutiendo acerca de los conflictos que estaban ocurriendo en nuestro país. Bariloche y El Bolsón se encontraban completamente militarizados. Los mapuches estaban casi a punto de extinguirse. Decenas de Lagos, playas y cerros se cerraron para la gente, quedando en manos de quienes ponían los millones sobre la mesa. Monsanto ya tenía patentadas casi todas las semillas habidas y por haber, por lo tanto, cada cultivador debía pagar un alto impuesto a dicha empresa por plantar semillas de su propiedad. Por otro lado, estaban circulando frutas y verduras de lo más extravagante: manzanas azuladas, naranjas del tamaño de una pelota de fútbol, zanahorias con gusto a arroz. Varios alimentos estaban siendo intervenidos genéticamente. Cientos de enfermedades y trastornos nuevos iban apareciendo.

    Subíamos con la nostalgia y la incertidumbre de no saber si lo haríamos de vuelta. Habíamos escuchado de una pueblerina de El Bolsón que una multinacional deseaba comprar todas estas tierras, talar los árboles y plantar maíz y soja. Por eso es que deseábamos disfrutar de cada momento. El silencio era nuestra acompañante musical. Los borcegos nuestros vehículos. La naturaleza nuestro estímulo, además de la birra artesanal que nos esperaba arriba.

    Llegamos al refugio y no había una sola alma. Lua puerta estaba abierta y estaba todo desordenado. Miramos a la punta del cerro y vimos como una estela comenzaba a bajar. Luego miramos hacia el bosque y vimos a lo lejos a una persona. Se nos quedó mirando y luego se echó a correr. Nos dio un poco de miedo. Eran las nueve de la noche y ya no había tiempo para bajar. Casi que estaba oscureciendo, así que decidimos quedarnos en el refugio. Nos servimos agua de la canilla y nos sentamos a comer algo. Comenzamos a reírnos de la situación; seguro el refugio estaba cerrado y algún animal había abierto la puerta. Nos fuimos a dormir al piso de arriba, donde se encuentran los colchones.
    A la noche comenzamos a oír ruidos. Alguien tocaba la puerta. Pensé que estaba soñando por un momento, pero no era así. Los golpes comenzaron a ser más fuertes. La puerta se abrió. Luego silencio. Nos gritaron que nos vayasemos. Ni nos inmutamos. Pasada media hora salimos a ver afuera. La luna y las estrellas se reflejaban en la laguna. Escuchamos un grito a lo lejos, como de desesperación. Luego un disparo. Echamos a correr hacia el bosque. Pasaron las horas y seguíamos escondidos. Nos encontramos con una persona que estaba arrastrándose. Le preguntamos qué sucedía.

—Vienen por todo— dijo con cristales en los ojos.

jueves, 31 de agosto de 2017

FABRIZIO (CUENTO)


Corría una cálida mañana de verano de 1966 en el barrio de la Paternal. Reinaba la paz y la calma. De tanto en tanto, sonaba el timbre de la casa de Fabrizio Ansaldi. Ingresaban personas, generalmente con instrumentos en sus manos. El dueño de casa los recibía con una sonrisa y un cálido abrazo. Por esos días pasaban por el taller Pappo Napolitano y Claudio Gabis trayendo sus instrumentos. Tomaban unos mates con Fabrizio y charlaban acerca de sus proyectos musicales. Fabrizio, de vez en cuando, iba a tomar un trago al bar-teatro “La Cueva”, germen de numerosas bandas pioneras del rock hispano. Hace un tiempo que había heredado el taller de luthería de su padre, quien hace tres años estaba viviendo en Europa. Por otro lado, el contexto social era complicado. Recientemente había asumido el Tte. Onganía, luego de haber derrocado al presidente Illia, elegido democráticamente. Había censuras en el cine, el arte, la música y el periodismo. Las fuerzas armadas no titubeaban al tener que aplicar mano dura, y ello quedó demostrado en “la noche de los bastones largos” cuando luego de una manifestación en la que los estudiantes tomaron dos facultades, los militares entraron furiosos, detuvieron a todos los allí presentes y los hicieron pasar por una doble fila en la que se los golpeó duramente con bastones largos. Fabrizio había estado allí presente, en apoyo a sus amistades, que cursaban en Filosofía y Letras y en Exactas. Luego de aquel acontecimiento, se produjo una “fuga de cerebros”: muchos estudiantes y profesionales se hicieron al exilio. De cuando en cuando, venía a visitarlo un policía a hacerle preguntas. Ese día no fué la excepción: Fabrizio divisó una silueta entrando por el pasillo
     —Ansaldi. Buenos días. Lo veo muy ocupado, como siempre. ¿Alguna noticia de Gómez?— se le acercó con mirada desafiante—. Mirá que te tenemos re contra vigilado, boludito.
     Ante el silencio de Fabrizio, el oficial miró a su alrededor con su sonrisa irónica, escupió al piso, y salió.
     Fabrizio escondía a un amigo militante abajo del suelo. Se llamaba José y estaba allí hace una semana. Era peronista. Lo buscaba la policía por subversivo. En esos años la juventud deseaba seguir el ejemplo del Che Guevara en la Sierra Maestra, por tanto, los manuales de su autoría se leían como textos bíblicos. Fabrizio lo hospedaba con temor. Le llevaba comida y bebida de tanto en tanto. El único momento en el que su amigo salía de allí era para ir al baño. No creía, como él, que el cambio social debía ser a través de las armas. Opinaba que el fuego no se apaga con fuego.
     —¿Otra vez ese hijo de puta? La próxima que le vea le encajo un tiro en las bolas desde acá abajo nomás.
     —Tranquilo José, nos vas a meter en terrible lío. Quedate sereno nomás.
     Siguieron corriendo los días. Finalmente, su amigo José se mudó a una quinta en Tortuguitas que operaba como búnker de planificación de la guerrilla. Fabrizio siguió trabajando intensamente ya que no era fácil ganarse la vida como luthier. Además, tenía muchas ganas de comprarse una camioneta y salir a viajar por el mundo. Seguramente, en el camino, conseguiría alguna acompañante con la cual continuar viaje (y enamorarse, claro). Proseguía con sus pensamientos, cuando de repente oyó un estruendo en la puerta. Visualizó varias personas entrando. Fué lo último que recordó. Al otro día despertó luego de la golpiza. Le dolía el cuerpo entero, sin embargo no tenía marcas en la piel. Llovía: una melancolía intensa lo invadió. Se dijo que debía irse lo más pronto de Buenos Aires. En cuanto tuviese el dinero, compraría un pasaje a cualquier lado. En eso llegó al taller un hombre viejo, de aspecto sucio, barba blanca abundante, con la intención de reparar una guitarra.
     —La encontré tirada en una plaza. Tiene un agujero ahí en la caja— dijo mientras señalaba la guitarra.
     —Bueno, dejamela y veo que puedo hacer— contestó Fabrizio.
     Al otro día, al desenfundar aquella guitarra, Fabrizio se dio cuenta de que estaba intacta. El hombre se había confundido. O quizá podría haber sido una broma, pensó. El hombre nunca más volvió. La guitarra quedó guardada.
     Al cabo de un mes, recordó que provenía de ese misterioso hombre, el cual nunca más había vuelto a ver, ni siquiera por el barrio. Desenfundó la guitarra y la examinó detenidamente. Era rara, le llamó la atención que casi ni se había ensuciado, además, no tenía ningún sello de fabricación. Aparentaba ser una guitarra actual, pero ese tipo de madera ya no se fabricaba más, por tanto, debía tener unos cuantos años. Por otro lado, las cuerdas estaban como nuevas, y habían pasado casi dos años. Deberían haberse gastado. Le dieron ganas de rasguearla. Se sentó. Le llamó la atención la blandura y lo liviana que era, pesaba menos que una hoja. No estaba desafinada. Comenzó a dudar si en verdad alguien la había estado usando sin que él se haya dado cuenta. Era imposible. Al primer acorde que pulsó, Fabrizio quedó atónito. Ese sonido no lo había escuchado nunca jamás en su vida. Era tan limpio, tan brilloso y tan armónico, que hipnotizaba. Examinó las cuerdas, notó que brillaban aún más que antes. Comenzó a tocar algo sin sentido, pero sin darse cuenta, al cabo de un rato, estaba entonando una hermosa canción. Sintió necesidad de cantar. Le salieron palabras inentendibles, algo así como en latín o celta. Un éxtasis intenso invadió sus venas, el fulgor le erizó la piel. Continuó tocando hasta que anocheció. No podría creer lo que estaba viviendo. La sensación era similar a la de estar enamorado, pero quizá más intensa aún. Esa guitarra era mágica. Además, ahora tenía esperanzas de volver a ser músico, como lo había soñado desde chico. Se echaría a viajar por el mundo, viviría nuevas experiencias, conocería nuevos amigos, probaría nuevas comidas. Y no necesitaría una banda; aquella guitarra sola cautivaría a cualquier persona que se detuviera a oírla. Con estos pensamientos, Fabrizio fue cerrando los ojos sobre el sillón hasta dormirse.
     Al otro día fue a probar suerte al Parque Centenario, situado en Caballito. Llevó un banquito y la guitarra. Apenás se echó a cantar, tres niños se le acercaron y le preguntaron si podían aprender a tocar. Luego una señora pidió un tango. Al rato ya era una muchedumbre la que disfrutaba del espectáculo. Una serenata de aplausos lo agasajaba luego de cada canción. Al caer la tarde, Fabrizio volvió a su casa con unos cuantos pesos. Estaba contentísimo. Nunca había sido un gran cantor: era conciente de que todo ello era gracias a ella.
     Mas luego de una semana, la vida de Fabrizio había cambiado completamente. Dedicaba poco y nada de tiempo a su trabajo como luthier. Pasaba horas y horas componiendo y escribiendo poesía. Se sentía muy feliz, pero al mismo tiempo tenía la sensación de estar un poco dependiente del instrumento. Dedicaba casi todos sus pensamientos a la guitarra. Hasta soñaba todas las noches con ella. Tenía un sueño muy recurrente, en el cual la guitarra al caía suelo y se hacía pedazos. Ya ni visitaba a sus amigos. Su plan era escribir muchas canciones más, llevarlas a una discográfica y producir un disco que revolucione la música. Sin embargo, cuando dejaba el instrumento, una sombra lo invadía provocándole depresión y angustia. Este suceso comenzó a ser cada vez más intenso, hasta el momento de sentir pánico y paranoia. Hubo noches en las que se despertó a medianoche corriendo a por su guitarra. Además, se sentía perseguido de que algún miserable se la robara. Comenzó a perder energías. Sus días eran grises y monótonos. No tenía ganas de nada. Siguieron pasando los días. Llegó un punto en que se sentía tan débil y consternado que casi no tenía fuerzas para tocar. Pensaba que quizá sería mejor pedir ayuda, pero tampoco tenía las fuerzas para ello. Su hogar era un completo desastre, había moscas por todos lados, platos sin lavar hace días, ropas desparramadas por doquier.
     Una mañana despertó y estaba sentando en una silla, junto a su cama, aquel sucio mendigo de aspecto místico, con la guitarra a su lado.
     —Lo veo muy mal jóven. No debe lastimarse de esta manera
     —¿Quién sos?¿Qué haces en mi casa?
     —Quiero contarte la verdad. Esta guitarra no es cualquier guitarra. Es la Guitarra en sí. Todas las demás guitarras son efectos de ella. Ella es la causa y el principio de todas las demás. Se encuentra, además, conectada a cada una de sus engendradas. Todas participan de Ella. Fue creada por Orfeo en tiempos antes del tiempo. El día de tu muerte a manos de la golpiza de los militares, acudí a entregarte este regalo como premio de tu gran dedicación y esfuerzo por la música. Sin embargo, no debes aferrarte a ella, ya que es menester que todos puedan beber de la fuente, no sólo uno. Por lo tanto, debes entregármela, o de lo contrario, pasarás el resto de la eternidad en este lugar, el cual no es sino una representación tuya del pasado. Ahora eres un espíritu confundido. Debes liberarte de todo para ascender.
     Fabrizio no creyó. Tomó la guitarra y la estrelló contra la pared. La figura del viejo desapareció. Salió de su casa. Al llegar a la esquina, percibió que no había sonido. Reinaba un silencio atormentador. Ni siquiera percibía el golpeteo de sus pasos. Comenzó a entrar en pánico. Se decía a sí mismo que había apagado el mundo. No se oía ni un murmullo. Regresó a su casa y comenzó a reparar la guitarra. La misión demoró días. Debió introducir partes nuevas: la guitarra quizá no volvería a ser la misma. Y así fue. Al cabo de terminarla, cuando se dispuso a tocarla, dio cuenta del cambio: su sonido era más grave, distorsionado y metalizado. Tenía otra impronta; parecía ahora una guitarra estruendosa y poderosa. Se sintió aliviado de haber recompuesto el sonido del mundo. O quizá había sido una alucinación suya, quién sabe. Lo cierto es que había estado encerrado varios días. Se sentía cansadísimo. Al entrar en sueño, la figura del viejo volvió.               —Has modificado la frecuencia del sonido—dijo el viejo—. Los cantos de los pájaros ya no volverán a ser lo mismo, el chillido del viento tampoco. Vibrará todo más bajo. Esto tendrá grandes ventajas, así como desventajas.
     Corría 1970. Fabrizio dejó su vida en Buenos Aires por un tiempo y se fué a vivir a Colonia, Uruguay. Había vendido -o regalado, no recordaba- la guitarra. Estaba mucho más tranquilo. Allí, en su nuevo hogar,  le daba mucho placer pasear por la parte vieja de la ciudad. El estilo colonial de las casitas lo teletransportaba al pasado remoto. La buena energía de las personas le traía paz a su corazón cansado. Se topó un día con un afiche de El Kinto, la banda de rock beat de Eduardo Mateo, que indicaba un show para esa noche en el bar de la costa. Fabrizio gustaba mucho de aquel grupo. Caída la noche, se dirigió caminando desde su departamento hasta el bar. Al llegar, se sentó en una mesa al costado del escenario, y lo primero que vio al levantar la vista fue aquella misteriosa guitarra que había poseído hace unos años. Una adrenalina tremenda lo invadió. El recital fue mágico. Eduardo Mateo era el futuro del rock uruguayo, y esa noche lo demostró. Luego de un rato de terminado el show, Fabrizio divisó a Eduardo yendo para la barra. Se acercó rápidamente.
     —Hola Eduardo. Te felicito por tu música, fué mágico
     —Gracias, gracias…—dijo con una sonrisa.
     —Te quería preguntar por esa guitarra criolla, dónde la conseguiste…
     —¡Ah! ¿Esa guitarra? ¡Es genial viste! No me vas a creer, pero me la vendió un conocido que dice que se la compró a Spinetta. No le creí— dijo entre carcajadas—. Me llamó la atención su textura, y después del sonido ni hablar.
     —Bueno escuchame. Esa guitarra es especial. Tené en cuenta que sólo la podés tener un tiempo. Después te va a empezar a hacer mal. La vas a tener que soltar.
     —Tranquilo amigo, ya lo se…
     Al año siguiente, Fabrizio decidió regresar a Buenos Aires. La situación estaba muy caldeada. Los montoneros ya habían irrumpido en la escena nacional, secuestrando y asesinando al Gral. Aramburu, artífice del golpe militar a Perón en el ‘55. Se sentían vientos de cambio. El pueblo no resistía más la presión militar sobre sus vidas. Un día, pasando la revista, vió fotos de la banda de Miguel Abuelo tocando con aquella misteriosa guitarra. Tomó conciencia de que esa guitarra había pasado por manos de todos los artistas de rock. Se sintió orgulloso de haberla poseído por un tiempo. Además, el la había reconstruido, por tanto, había dejado su marca en ella, y por consiguiente, en la música nacional, y en la política misma también. El rock nacional había sido el lugar donde muchos jóvenes se habían refugiado y bebido de ideas libertarias para resistir a los militares. Era un movimiento censurado, pero que soportaba. Le daba un poco de culpa la cantidad de sangre que ya se había derramado, y que se derramaría por su culpa. Luego se decía que él no había hecho nada malo, y se tranquilizaba.
     Un día se despertó y era 1983. Ya estaba acostumbrado a esas distorsiones del tiempo. Quizá era verdad lo que le había dicho el anciano sobre su muerte. O quizá había quedado loco luego de aquella golpiza. En fin, decidió salir a la calle. Se sorprendió al ver felices familias enteras caminando y cantando con banderas de Argentina.
     —¿Qué sucede?—preguntó Fabrizio a una señora.
     —¿Vivís en un tupper nene?¡Volvió la democracia!
     Fabrizio sonrió, volvió a su casa y se acostó en su cama. Sintió satisfacción por todo lo sucedido. No todo había sido en vano. Sintió el triunfo corriendo por sus venas. Cerró los ojos, para no volver a abrirlos jamás.



sábado, 30 de julio de 2016

OLIVOS NORTE


Quién me asegura la existencia,
si carente soy, de tal eminencia,
esa beatitud de lo supremo,
que enmudece mi corazón, sereno.

Por los senderos de asfalto voy,
no distingo bien qué soy,
puede que revise cada pizca de viento,
a ver si encuentro algo en esta jungla de cemento.

Dependencia crónica del material,
intento saciar mi parte irreal,
lo cotidiano se me adhiere al cuerpo,
es como chiquillo sin caramelo.

Metaforsis de piel y sentimiento,
¡gracias al cielo!
fue ese instante del alba 
que pude sentir
la voracidad de lo eterno.

otro día más en Australia

vos aparcado en el rincón más épico del parque nacional la cueva es chica pero el corazón es grande. las kookaburras aun no ríen los wallabi...