nacida de las profundidades del sur
mi esqueleto reverbera
cuando tu trompa descansa sobre la mía
y no hay bosque que no recuerde
nuestros destellos de amaneceres
en profundos silencios
y estrepitosas danzas
reniego de la quietud
que impidió a mi paladar
gozar de tus cándidos perfumes
silvestres como la miel
salvajes como saber
que el verbo se consume dentro nuestro
hasta explotar
sólo aquí
ante la vastedad
repleto de sólidas preguntas
no bastan tus bíblicos labios
para acallar esta tormenta
sólo me inspirar el mar
lo que está lleno de vida
en aparente calma
deseo para los cuerpos
que vaguen
errantes como planetas
amando la retrogradación
que al fin y al cabo
no es más que ilusión